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Junio de 2022. Centro de vipassana en Kioto, Japón. |
La comida no es exactamente el principal interés al participar en un curso de meditación, pero desde hace tiempo que había escuchado decir lo bien que se come en el centro de vipassana Dhamma Bhanu, de Kioto, y me daba curiosidad. Aunque mi intención era asistir por segunda vez, como estudiante, a cualquiera de los 234 centros que existen en el mundo, este año por fin lo logré en Kioto, después de varios intentos fallidos.
Entre curso y curso que hice como estudiante (y dos en los que fui servidora), pasaron 10 años. Una vez que terminas el primer curso de 10 días, en los siguientes puedes ir a ayudar, porque te conviertes en estudiante antiguo/a y eso te da la posibilidad de participar como servidor/a. Los cursos de vipassana de la tradición de Sayagyi U Ba Khin (1899-1971), impartidos por el birmano-indio S.N. Goenka (1924-2013) –a través de grabaciones– no son pagados, funcionan con donaciones voluntarias (los estudiantes las pueden dar al final de cada curso). La principal actividad de los servidores es cocinar, pero también meditan tres horas diarias (durante las meditaciones grupales) y escuchan las charlas al final del día con los estudiantes. Se dice que la vipassana es una de las técnicas de meditación más antiguas que enseñó el Buda, Sidharta Gautama, hace 2500 años, que se mantuvo intacta en Birmania (hoy Myanmar) y la principal aportación de Goenka a esta práctica fue rescatarla, llevarla de vuelta a la India y crear centros adaptados a la cultura Occidental.
En todos estos años, me he dado cuenta de que la práctica de la meditación (de cualquier tipo) sí puede ayudarnos a enfrentar las vicisitudes del día a día, pero pienso que no existe una ideal, cada quien debe encontrar la que le funcione; además, no es tan importante cuántos cursos hayamos hecho o cuánto meditemos en cantidad, lo que cuenta es poner en práctica las enseñanzas en nuestra vida diaria. Claro que si ya estamos embarcados en el camino de la meditación, practicarla con regularidad, ayuda; de todas maneras, la sola experiencia de asistir a uno de estos curso, ya nos cambia la perspectiva. Es un lujo darse ese tiempo de desconexión, son diez días sin contacto con nadie más que con una misma, no se puede usar ningún tipo de dispositivo electrónico, ni realizar ninguna actividad que nos distraiga, incluyendo lectura, ejercicio intenso o escribir, nada de eso está permitido. Así como tampoco podemos comer lo que queramos, sino que por 10 días comemos lo que nos sirvan –una sencilla comida vegetariana– que es equivalente a la vida de un monje que vive de recibir limosna, porque esa comida se compra con las donaciones que dan los estudiantes que ya han hecho el curso y quieren ayudar a que más personas se beneficien de aprender la técnica.
Curiosamente, no recuerdo muy bien la comida de los cursos a los que asistí antes de 2019. En diciembre de 2012, en Cochabamba, Bolivia, hice mi primer curso de vipassana. Estaba viajando ya seis meses en bicicleta por Argentina y Bolivia, así que eso influyó en que las 11 horas diarias de meditación no me afectaran tanto, al menos al principio. Estuve con dos amigas argentinas, Analía y Chela, pero no podíamos hablar ni comunicarnos con gestos, porque ese es uno de los requisitos, y lo cumplimos, aunque no fue nada fácil. Hasta el día 9 del curso se observa el noble silencio, solo se puede hablar con el servidor que hace de gerente (si hay un problema o necesidad) y con la profesora (en privado al medio día, o en la noche después de la última meditación, frente a los demás estudiantes). El día 10, luego de la meditación grupal de la mañana, ya se puede hablar. Algo importante a considerar es que el día de registro –día 0– no se cuenta y que el curso se termina en la mañana del día 11, por lo que se necesitan por lo menos 12 días para asistir a uno de estos cursos.
Aunque no se permita verbalizar nada en esos nueve días, mi cabeza no paraba, yo estaba todo el tiempo hablándome a mí misma; no sé si en realidad habrá gente que no lo haga, hace poco leí que algunas personas ven imágenes y no escuchan nada, me pareció muy extraño porque yo pensaba que todos nos hablábamos a nosotros mismos. En fin, por eso, en mi caso, eso de no hablar me pareció relativo. Como decía, la comida de Bolivia no la recuerdo muy bien (ahí fui estudiante), solo se me viene a la memoria que había bastantes frutas y verduras, que comimos quinua en varias versiones y tomamos mates de todo tipo (le dicen “mate” a los “tés” de hierbas). Al siguiente curso en Cusco, Perú (2013), lo recuerdo un poco mejor porque estaba sirviendo e iba con Lourdes, la gerente de cocina, a comprar al increíble mercado de Calca, en el Valle Sagrado, y porque una vez sugerí una sopa de remolacha que me encanta, había también muchas frutas y verduras, que abundan en Latinoamérica y son baratas; uno de los problemas más difíciles en Perú era lograr que el dinero alcanzara para dar de comer a las 80 personas que asistimos, porque había pocas donaciones. También tuve la oportunidad de ir a un curso de tres días en Hong Kong (2018), como estudiante, de ahí recuerdo mucho arroz integral y una sopa de algas kakirage. Aunque no fue muy memorable la comida, sí fueron sabores nuevos e intensos. Como a ese curso lo sentí muy corto, me quedé con las ganas de hacer otro de 10 días. Mi siguiente curso fue nuevamente como servidora, en Ávila, España (2019), aunque yo quise asistir como estudiante. En ese centro la comida fue increíble. No solo por los recursos que tienen, sino también por la organización y todo el empeño que le ponen. Tenían un libro de recetas que seguían al pie de la letra, el cual incluía postres y pan recién horneado; además, la cocina era espectacular, tenían de todo: un cuarto frío amplio, hornos y cocinas industriales, todo lo que se necesita para poder alimentar a casi 200 personas. Éramos 20 servidores y el trabajo fue muy duro, porque nos teníamos que levantar antes de las 4am, pero valió la pena.
En todos los cursos de esta tradición, se sirven dos comidas diarias, el desayuno a las 6:30am y el almuerzo a las 11am; luego, a las 5pm es la hora del té, los estudiantes nuevos pueden comer frutas, mientras que los antiguos solo limonada, té o café, porque comemos fruta en la mañana. No sé de qué país traían las frutas, pero en Kioto solo se servían piña y banana, que son las dos únicas frutas frescas que se pueden importar a Japón desde Ecuador, algo que me hizo sentir un poco menos extraña, ya que era la única extranjera entre los estudiantes (entre los servidores había una tailandesa).
La comida en Kioto era sencilla y vegetariana, casi vegana porque de origen animal solo había leche de vaca y mantequilla, en el desayuno. Al ser comida japonesa, se servía arroz en las dos comidas, en la mañana sopa de miso y en la tarde sopas de verduras, fideos o curry. Solo dos días hubo lechuga fresca; me comentaron que antes solía haber más verduras, pero este año, por el coronavirus, dejaron de traerlas. La mayoría de verduras y productos que usan en Kioto son orgánicos –un mercado no tan extendido en Japón–, es decir, cuidan mucho la calidad de comida que sirven. El último, fue el día en que más comida se sirvió: curry japonés con arroz, sopa de miso y, de postre, un scramble de manzana con ciruelas frescas.
Los primeros días la comida me cayó un poco mal y sentía todo desabrido, empecé a pensar que exageraban todos los que me dijeron que la comida era deliciosa en Kioto. Nos ponían una olla con verduras hervidas con un cártel que decía “sopa de…” lo que fuere, y yo pensaba “esto no es una sopa, no saben hacer sopas, no tienen idea de lo que es una sopa. ¿Me vienen a decir a mí –que vengo del país de las sopas– que esto es una sopa?”, y así, al principio no podía dejar de pensar en eso, pero luego me empecé a reír de mí misma. Estaba recibiendo una comida por la que no había pagado nada, en un lugar increíble en las montañas de Kioto, rodeada de naturaleza, con un clima perfecto, no podía creer que me estuviera quejando así en mi cabeza; estaba yendo en contra del espíritu de la meditación, que es purificar la mente para desarrollar la ecuanimidad y que no caigamos en el rechazo o la avidez (también se puede decir “antojo”) y aceptar la realidad tal y como es, eso significa vipassana.
Durante los diez días del curso, se aprende una técnica de observación de las sensaciones del cuerpo, con el fin de experimentar en una misma la realidad, es decir, nuestra realidad individual, y entender que nuestras circunstancias nos producen sensaciones que están en constante cambio (al igual que todo lo que pasa en la vida) y así aceptar la ley de la impermanencia (Anitcha). Sin reaccionar, solo observamos, para aprender a vivir con menos sufrimiento, que es el objetivo principal. Ese entrenamiento intensivo consiste en casi 11 horas diarias de meditación, con intervalos de unos minutos de descanso cada hora, o descansos más largos a la hora de las comidas. No son 11 horas seguidas de estar sentado meditando, pero a pesar de los descansos, en esta ocasión, a mí me dolieron muchísimo las piernas desde el primer día (recomiendo a las personas que van participar en un segundo curso que no traten de hacer adhittana –firme determinación– desde el principio).
La forma de ofrecer la comida en todos los cursos es estilo bufé, y los estudiantes nos tenemos que acercar a servirnos lo que queramos. En la mayoría de cursos a los que asistí, siempre había el problema de que los primeros se servían mucho y no alcanzaba para los que llegaban al último, entonces se ponían carteles para llamar la atención sobre esto a los estudiantes; sin embargo, en Kioto pasaba todo lo contrario, la comida sobraba, y no creo que fuera por la cantidad, sino que más bien se servían poco, al menos las mujeres. No vi el lado de los hombres porque comíamos separados (en general, en estos cursos, se observa la segregación por género). También, a veces sucede que el hambre se reduce cuando meditamos. En Kioto estuvimos, en total, 60 personas. Suelen recibir más gente, pero disminuyeron el número por el coronavirus. De todas maneras, en Japón se hacen cursos continuamente, durante todo el año, entonces hay más posibilidades de participar. Éramos siete estudiantes antiguas y teníamos habitación privada con baño, de verdad fue un lujo.
Con el paso de los días, las piernas me empezaron a doler cada vez menos, aunque ningún día pude dormir bien, al contrario de lo que me pasó en otros cursos. También, empecé a sentir el sabor de la comida de otra manera. Como era una preparación sencilla, con muy pocos condimentos, y al estar cien por ciento concentrada en la actividad de comer, podía sentir el sabor de cada ingrediente con intensidad, lo que me hizo experimentar esa comida en todos sus detalles.
Suelo practicar el “solo dining”, tanto en casa como en restaurantes, de hecho mi hermana Gabi una vez me llamó la atención sobre mi concentración al comer, según ella, muchas veces parecía hipnotizada. Comer solos nos permite estar muy presentes y poner atención. Aunque me gusta compartir las comidas, creo que también es importante darse esos espacios, que en un curso de vipassana es extremo porque, a pesar de estar rodeados de gente, pareciera que no hay nadie más, así que la experiencia de comer se vive muy para adentro. No se permite el ayuno porque es una práctica que conlleva otros cuidados. Aunque no promueve una religión en particular, la vipassana se basa en las enseñanzas budistas, uno de sus 10 preceptos es sīla (ética de conducta), dentro del cual se enseña las 5 virtudes, entre las que están “no matar a ningún ser vivo”, por eso se mantiene una dieta vegetariana.
No sé si la vipassana sea la solución al sufrimiento que vivimos las personas por el simple hecho de estar vivas. Pero lo que sí sé es que esta experiencia es muy valiosa y me ha ayudado a aceptar de una mejor manera lo que sucede cada día y a mirar la vida con más alegría. Por eso, a quien le llame la atención, le recomiendo informarse sobre lo que es y las opciones de cursos aquí: https://www.dhamma.org/es, en Ecuador se imparten en Quito y Cuenca una vez al año, en cada ciudad.
Por último, solo quiero agradecer –al universo– por todo lo que aprendí y todas las increíbles comidas vegetarianas con las que me pude alimentar en los cursos de vipassana que he hecho hasta ahora.
Gracias por leer.
Por L.J. Trashumante