miércoles, 23 de septiembre de 2020

ENTREVISTA A SHUNSUKE NOMURA Y MADY GARCÍA, YEN RAMEN (CUMBAYÁ Y QUITO)

SOBRE LOS ORÍGENES DE YEN RAMEN Y LA VIDA EN CUARENTENA


Mady García y Shunsuke Nomura. Foto: Cortesía de Yen Ramen.


¿Por qué decidiste venir a Ecuador y por qué te quedaste?


Shun: Busqué en internet en qué país era más barato estudiar español y me aparecían como opciones: Bolivia y Ecuador, pero al final me decidí por Ecuador. La información que encontré era de cuando se utilizaban sucres, así que cuando llegué y cambié el dinero japonés, me dieron dólares, y ahí me di cuenta de que estaba todo caro. Y me quedé porque me gustó y, además, iba a ser papá.

 

¿Por qué te interesaste en aprender español?

 

Shun: Trabajaba en una empresa que hacía los diseños para Coca Cola en Japón y, dos veces al año, tenía que ir a una feria en Hong Kong. Ahí encontré muchos clientes que hablaban español, entonces me pareció útil aprender. Es decir que primero quería aprender por mi trabajo. 

 

¿Cuánto tiempo vives en Ecuador y por qué no volviste a Japón?

 

Shun: Ya vivo aquí 12 años y no he pensado nunca en el motivo de no haber regresado a Japón con mi familia, simplemente me quedé y nos va bien.

 

¿Qué hacías antes de venir a Ecuador?

 

Shun: Trabajaba para esa empresa que dije, estaba a cargo de las ventas en Japón y en el exterior. Antes de ese trabajo fui bartender y, antes de eso, siempre estuve trabajando en restaurantes tipo cafetería que hay en Japón.

 

¿Dónde aprendiste y cómo desarrollaste tu fondo para el ramen?

 

Shun: Aprendí en internet. Desarrollé mi fondo probando y probando. Me tomó un año, aproximadamente. Fui viendo en youtube distintas ideas, luego ya por la experiencia pude saber la cantidad de carne de cerdo y de pollo que necesitaba y luego fui cambiando lo que pensaba que iba a ser mejor. Hasta ahora seguimos modificando el fondo. Hay que fijarse en el balance de la sopa y el fideo, entonces he ido cambiando la receta cuando he visto que hay algo que debe mejorar.

 

¿Por qué empezaron a hacer sus propios fideos?

 

Shun: En Ecuador no encontré ningún fideo que me convenciera, porque no hay los que son específicamente para ramen.

 

¿Qué es lo que más extrañas de Japón y qué extrañarías de Ecuador si tuvieras que regresar a Japón?

 

Shun: Extraño a mis amigos, a mi familia y la comida. Si regreso a Japón sería lo mismo: extrañaría a mis amigos y la comida ecuatoriana. Sí me gusta el estilo de vida de Ecuador, es mucho mejor, me gusta más Ecuador que Japón. Me gusta estar en un país medio desastroso. Por ejemplo, cuando te coge la policía y le puedes decir “hablemos”.

 

¿Qué es lo que más te gusta de la comida japonesa y de la comida ecuatoriana?

 

Shun: De la comida japonesa me gusta la comida de diario, pero eso lo puedo cocinar yo. Lo que me gusta y extraño es lo que no puedo hacer, como un buen sushi, o los fideos soba, o sea lo que no se encuentra acá. De la comida ecuatoriana me gusta el ceviche, el hornado, el yahuarlocro, la guatita; también me gusta la comida de diario ecuatoriana: seco de pollo y de chivo, por ejemplo. 

 

¿Cómo ha sido la experiencia de trabajar en Ecuador, como japonés?

 

Shun: Primero fue un poco duro porque la gente no es puntual. Me cuesta hasta ahora, porque a veces llegan y a veces no. Eso no pasaría en Japón, es lo contrario, allá es bien puntual y ordenado. 

 

¿Si tuvieras tu restaurante en Japón qué sería lo difícil?

 

Shun: El inicio es lo más difícil, no se puede comenzar rápido, se necesitan muchos papeles. Y si aquí se empieza con diez mil dólares, en Japón serían más o menos cien mil. Allá no comenzaría un restaurante, hay mucha competencia.

 

¿Has sentido alguna barrera o algún problema con el idioma?

 

Shun: Claro, al inicio no hablaba nada de español; entonces, por ejemplo, cuando alguien llamaba por teléfono, no podía contestar. Poco a poco he ido mejorando, más por la necesidad de aprender. Ahora ya me siento cómodo, me equivoco muchas veces, pero por lo menos ya entiendo. Ahora hasta leo en español, recién terminé la primera parte de un libro traducido de Haruki Murakami.

 

Ramen. Foto: Media Luna by Fer.

¿Cómo fue la transición del Donburi al Yen?

 

Mady: Nosotros teníamos el restaurante Donburi y, desde que iniciamos (en 2009), cuando conseguíamos algún producto que aquí no hay, hacíamos platos especiales, más o menos una vez al año, porque siempre tuvimos la idea de hacer comida tradicional y de mostrar en Ecuador la verdadera gastronomía de Japón –con verdadera me refiero a que no sea cocina fusión, que sea original de allá–. La primera vez que hicimos ramen fue en 2012, nos fue súper bien, vino un montón de gente. Y luego, durante el resto del año, la gente nos pedía. Era tan difícil de hacer que Shun, cada vez que terminábamos el evento del ramen, ya no quería repetir, siempre decía “no, ya no quiero hacer nunca más”, era durazo porque hay que cuidar la sopa cada dos horas, entonces no dormía, era muy sacrificada la preparación, ya que hacíamos 500 platos para un solo día. Primero hacíamos con los fideos de espagueti más finitos que se consiguen acá. Hasta que un día, nuestro amigo Motomichi san nos trajo ramen instantáneo y ahí Shun decidió intentar hacer los fideos él mismo; así que, el siguiente festival de ramen ya fue con fideos hechos por Shun, entonces fue más duro todavía. Pero la gente estaba fascinada y luego, nos volvían a pedir. No nos imaginábamos abrir un restaurante de ramen por lo trabajoso, pero ya nos pedían un montón y, cuando en el 2018 hubo el problema con las importaciones –lo de las salvaguardas­–, en esos días nos resultaba muy difícil encontrar productos, de repente un día ya no había salsa de soya y tuvimos que recorrer todas las tienditas buscando al que le quedaba algún frasco; lo mismo pasó con el miso, nos tocó buscar de tienda en tienda, porque nuestro proveedor ya no tenía. Ahí decidimos probar con otra comida que no necesitara tantos ingredientes importados, porque en el Donburi usábamos arroz y otros ingredientes importados que eran súper caros. Entonces, hablamos seriamente y a Shun se le ocurrió abrir un lugar pequeñito, que solo antendiera él cuatro horas al día y ya. Esa era la idea. 

 

¿Por qué cerraron el Donburi?

 

Mady: En un principio estaban los dos restaurantes y funcionaban muy bien. Pero comenzaron los problemas económicos en el país: la caída del petróleo, el terremoto, un montón de cosas; el restaurante ya no se nos llenaba y era muy caro mantenerlo. Tampoco teníamos precios tan elevados, como otros restaurantes japoneses, pero era costoso porque nuestros ingredientes eran costosos. Además, el local era demasiado grande y estaba en una de las zonas más caras de Quito, por eso necesitábamos un montón de gente trabajando para que funcionara. Hubo un momento en que ya fue insostenible. Y también hubo personas del edificio que no querían que estuviera el restaurante, siempre nos hacían problema. Hasta que en un fin de año hubo un incendio en un restaurante –justo el 24 de diciembre–, y ahí el cuerpo de bomberos cambió algunos requisitos, nos pedían tener la centralita de gas al aire libre y en ese edificio no teníamos la opción; nos dijeron que iban a pensarlo, pero nosotros no teníamos tiempo. Eso fue la gota que derramó el vaso, lo último que pasó para tomar la decisión de cerrar; no podíamos hacer más, ya no estaba en nuestras manos. 

 

¿Y cuáles han sido las ventajas de ese cambio?

 

Mady: Las ventajas fueron: una, que no había otro restaurante de ramen y que empezó a estar de moda, la gente ya tenía más curiosidad, querían conocerlo, probarlo y éramos los únicos. Otra ventaja fue que, al hacer nosotros mismos los fideos y la sopa, la cantidad de productos importados disminuyó un montón.

 

¿Cuál es el trabajo de cada uno en el restaurante, qué hace Shun y qué haces tú?

 

Mady: Shun está en la parte de la producción porque es el chef, él hace las salsas base, de esa manera nos aseguramos de que el sabor no cambie. La salsa base ya contiene todo lo que el plato necesita, así que los chicos solo unen los elementos y sirven; esa salsa es el alma de nuestros platos. También para los especiales, Shun hace las recetas. Ahora, en esta temporada de pandemia, también ha sido el repartidor, nuestro influencer en redes sociales y atiende en el local; antes no estaba tanto, pero siempre que alguien pedía vacaciones o permiso, Shun le cubría, era el back up de todos los empleados. En resumen, su trabajo es que en la parte operativa todo funcione bien; y yo me encargo de la parte administrativa: contacto a los proveedores, hago los permisos, pedidos, pagos, o sea todo lo feo (ja, ja, ja), todo lo que no le gusta a Shun. Antes también cocinaba, pero entre los dos decidimos qué puede hacer cada uno. Shun no puede hacer mi parte por obvias razones, y es mejor que yo no haga la parte de él porque es cocina japonesa y él es el japonés del equipo. Además, si los dos trabajáramos en la cocina, pelearíamos. Aunque Shun confía mucho en mi paladar, de todas las recetas que hace, siempre pide mi opinión. Sabe que yo he probado muchas cosas y también tengo una idea de cómo hacer, o cómo sería mejor, o qué le gustaría a la gente de acá, porque a veces hay sabores que puede que a los ecuatorianos no les vayan a gustar tanto. 

 

¿Qué tipos de ramen venden y cuál es la diferencia entre ellos?

 

Mady: La sopa base es la misma para todos, que está hecha con cerdo, pollo y vegetales, es la sopa mágica, el fondo. Después tenemos unos aderezos con los que variamos el sabor, porque la sopa no tiene sal ni nada. Entonces, primero está el miso ramen, que su principal ingrediente es el miso  (pasta de soya fermentada) y un poquito de tobanjan, que es un ají chino. Eso hace Shun a su gusto, sacó las recetas originales para su restaurante, como en Japón, donde cada lugar tiene su receta propia. El otro es el shoyu ramen, de salsa de soya, y el tercero es el shio ramen, que su principal ingrediente es sal marina, pero disuelta en un caldo de vegetales. Esos son los tres principales.

 

¿Tienen ramen vegetariano?

 

Mady: Sí, también hay uno vegetariano, que salió mucho después porque había mucha gente que lo pedía. Pienso que la gente no sabe lo que es un ramen, creen que es una sopita cualquiera –te aseguro que el ochenta por ciento de la gente que sale a comer a un restaurante, no tiene idea de cómo funciona–, entonces pide muchas cosas que no son posibles. A parte, aquí no hay restaurantes de especialidad, como en Japón, por eso, los lugares de comida japonesa venden de todo un poco: sushi, ramen, donburi, teriyaki, en cambio nosotros sí tenemos la escuela japonesa de especializarnos en algo y a eso mejorarlo constantemente. En Ecuador es distinto, faltan restaurantes vegetarianos de especialización y por eso los clientes piden a todos que tengan opciones vegetarianas y veganas. Yo creería que no debería mezclarse, porque todo está ahí y se puede contaminar, aunque se tenga un montón de cuidado. Nos pedían mucho la opción vegetariana y hacer otra sopa también es más espacio, más trabajo, otra producción, otros ingredientes, pero después de años­ –y de darnos cuenta de que el pedido de los vegetarianos justamente se debe a que no tienen tantas opciones–, Shun comenzó a intentar platos vegetarianos que tengan buen sabor. Para no tener que hacer una sopa extra –que a veces se vende, a veces no­–, se inventó sacar extractos de cebolla, shiitake, y otros vegetales, todo eso unió y sacó el sabor para un ramen vegetariano, que es el misovegetariano, no dice ramen porque no es un ramen

 

¿Qué otras opciones tienen?

 

Mady: Las otras dos opciones son dos tipos de hiyashi chuka, un plato de fideos frío que se come en el verano en Japón. Pero a ese lo sacamos primero por dar una opción distinta, para la gente que no quiere comer cerdo. Cuando vivía en Japón, me encantaba el hiyashi chuka, era uno de mis platos favoritos. Pasé varios veranos en Japón y encontré ese plato súper barato en los konbinis (tiendas de 24 horas) y también en un restaurante de especialización que descubrí en Tottori, la ciudad donde vivía. Me gustaba mucho y por eso le di la idea a Shun de que lo hiciéramos vegetariano. Me he dado cuenta de que en Ecuador al que lo prueba le encanta, pero cuesta mucho que la gente se atreva a probarlo porque es un plato frío. Aunque aquí mismo hay muchos platos fríos, como el ceviche; y, en general, hay muchos platos en el mundo que son fríos. Solo se trata de costumbre, pero una vez que lo prueban, lo aman. Hay mucha gente que viene solo por ese plato, porque también se ha convertido en su favorito. 

 

¿Se acuerdan la primera vez que comieron ramen? ¿Dónde fue, cuál fue su impresión y cuál es su favorito?

 

Shun: Antes no me gustaba el ramen para nada, porque el de mi ciudad, Gifu, no era tonkotsu sino chuka ramen, que es a base de hueso de pollo, muy liviano, no me gustaba para nada. Recién me gustó a los 20 años. Comencé a comer ramen en Tokio, cuando fui a vivir allá y probé el tonkotsu. Me gusta más ese porque tiene un sabor más grasoso y mi favorito es el shoyu ramen.

 

Mady: Comí en Tottori la primera vez, a mi ex le encantaba el ramen. Aunque a mí me parecía grasoso. Sí me gustó y me comí todo, pero no me daban ganas de comer a cada rato. Me parecía pesado. Luego fui descubriendo que había varios tipos de ramen, que no todos eran así. Mi favorito es el de shoyu o el shio, que es de sabor más suave. Me gustan los sabores suaves y los escojo porque, como trabajo con el paladar, prefiero cuidarlo. Consumir sabores muy fuertes todo el tiempo daña el paladar, porque para que algo te parezca rico tiene que ser igual o más fuerte y con muchas especias. Cuando la comida es suave, se sienten los sabores de todos los ingredientes, pero cuando tienes un producto sobrecargado, se pierde un poco el sentido entre todos los sabores. 

 

¿Hay alguna historia con el nombre? ¿Por qué le pusieron Yen Ramen?

 

Mady: Yen es la moneda japonesa. Pensamos un montón en qué nombre ponerle al restaurante –igual que a nuestros hijos–. Se le ocurrió a Shun y a mí me pareció chévere por ser una palabra cortita, un solo sonido que se queda en tu cabeza; además, haces la referencia a que es la moneda de Japón y resulta todavía más fácil de recordar. 

 

¿Cuál es el impacto que han tenido en la gente?

 

Mady: Antes de nosotros con el Donburi, no había donburi, nadie conocía el katsudon,  y ahora la gente ya tiene en su cabeza qué es un donburi, hay fanáticos del katsudon en Quito, entonces volvemos a hacer katsudon y hay un montón de gente que quiere comerlo. Nosotros mostramos esto que antes no había y con el ramen también, porque en el 2012 pocos conocían la palabra ramen, solo la gente que había viajado, porque en Estados Unidos y Europa ya estaba de moda, pero entre los ecuatorianos no había  todavía la idea del ramen

 

Tako yaki. Foto: Mady García.

 ¿Qué nuevos proyectos tienen?

 

 Mady: El proyecto del tako yaki, que lo   lanzamos hace poco tiempo, ya lo teníamos pensado. Este año queríamos volver a abrir el Donburi en un lugar chiquito, ya no grande como antes. Justo cuando empezó la pandemia, estábamos en búsqueda del local, por suerte no encontramos. Y a fin de año, o a principios del siguiente, teníamos pensado lo del tako yaki. Los planes de todo el mundo cambiaron y los nuestros, obviamente, también; no podemos abrir ahorita un tercer restaurante, está complicadísimo, pero estamos haciendo el tako yaki –que es otra cosa nueva en Quito– en una esquina de nuestro local de La Tejedora, donde tenemos más espacio.

 

¿Desde cuándo te interesa la comida japonesa y por qué?

 

Mady: Me interesa desde la primera vez que fui a Japón, en 2002. Me cautivaron sus sabores, todo lo que comía me parecía rico. Había cosas que no me gustaron al principio, como el sushi o el natto, que fueron gustos que adquirí después. En la casa donde vivía cocinaban delicioso, tuve la suerte de empezar a comer riquísimo desde el primer día que llegué. Comían cosas que acá no nos servimos en la mesa un día cualquiera. Era súper elegante la comida, no solamente un plato, eran muchos tipos de comida y sabores en una mesa. Comencé a interesarme de a poco en cómo se hacía eso tan rico y, de un momento a otro, las 6 de la tarde se convirtió en la mejor hora del día, porque era cuando la mamá empezaba a cocinar. Yo me paraba al lado a ver en qué le ayudaba, lavándole los platos, el arroz, así comencé a aprender. Primero lo básico, osuimono, que es la sopa, un plato aparentemente sencillo, parece solo un caldito con salsa de soya y ya, pero me costó hasta que me saliera bien; hasta Shun dice que ni él puede hacerse un osuimono. Aprendí y mi trabajo del día era prepararlo. Luego fue la sopa de miso, que es más fácil y luego, en algún momento, ya podía hasta leer recetas en japonés, no sé cómo ni cuándo pero me interesó tanto que después de unos meses, de tanto meterme en la comida, ya podía reconocer los ideogramas, o sea no leía completamente la receta pero la entendía, porque memoricé los ideogramas de distintas palabras relacionadas con cocina, así que ya podía, más o menos, hacer esas recetas por mi cuenta. Creo que la comida japonesa –que a mí me encanta y no quiero hablar mal–, se hace adictiva por la cantidad de azúcar que usan. El 90 por ciento de los platos tiene azúcar, o mirin, que es sake dulce; creo que el boom que ha tenido la comida japonesa, en todo el mundo, en parte es por eso. Yo no consumo tanto, no soy tan fan del azúcar.

 

Shun: Aquí en Ecuador a todo el mundo le encanta la salsa de anguila, que es 50 por ciento salsa de soya y 50 por ciento azúcar. 

 

Mady: Ahora hay más opciones y menos uso de azúcar en Japón, pero yo aprendí de las abuelitas que usan mucho. A veces sentía que comía todo de postre porque la abuelita de mi casa usaba más azúcar que, por ejemplo, otra señora que conocía, que era más joven y ya se cuidaba del azúcar. Allá, en un momento, el azúcar era considerada una buena fuente de energía, aunque la cantidad que se usa ahorita es mucho menos, pero si comes comida de una abuelita japonesa, ya mayorcita, la comida es súper dulce.

 

¿Cuéntanos cómo empezó a interesarse Shun en la comida?

 

Mady: Shun cocina desde los 6 años porque en Japón, desde chiquitos, ya les comienzan a enseñar a usar cuchillos. En la escuela aprenden a cocinar y también hay comidas que están casi listas, solo cogen el arroz, lo ponen en la olla, aplastan un botón y ya está, o a la carne solo le echan la salsa y está lista. Shun regresaba a las 4pm del colegio y sus papás seguían en el trabajo, entonces, cuando le daba hambre, él se hacía su comida. Comenzó a leer y a buscar recetas en libros, para hacer cosas distintas cada día, porque eso también es chévere en Japón que tienen recetas en todo lado, hay información y recetas fáciles para todo el mundo. Los niños japoneses no se mueren de hambre porque tienen estas guías de cocina. Con revistas, y las cosas que tenía en su casa, Shun comenzó a investigar cómo cocinar y qué cosas más hacer, cuando los papás llegaban él ya tenía la comida hecha y ahí empezó a interesarse en la cocina, aunque no lo pensaba como profesión, solo le gustaba y por eso tuvo otros trabajos. Cuando llegó a Ecuador, cocinaba para que sus amigos probaran la comida japonesa. Mi amigo Glo, por quien conocí a Shun, me dijo: “conocí a un chico japonés y también cocina, te voy a presentar”, esa fue la referencia. Siempre mantuvo el gusto por cocinar. Y también yo ya venía trabajando en restaurantes full años y estaba estudiando en el instituto de gastronomía. Por eso, cuando quedé embarazada, dijimos hagamos lo que sabemos hacer, lo que nos gusta. Y aquí estamos. 

 

¿Cómo vivieron la crisis y qué cambios tuvieron que adoptar durante la cuarentena?

 

Mady: Estuvimos cerrados completamente dos semanas en marzo, durante las que no hicimos nada. Nosotros queremos no solo mostrar la comida japonesa, sino también enseñar sobre la cultura culinaria de allá. Desde que abrimos el Yen Ramen, siempre nos pedían para llevar o mandaban a pedir a domicilio. Y nosotros les explicábamos que el ramen no es un plato para llevar, nunca se lo ha considerado así en Japón y nosotros nunca lo hemos puesto para llevar. Hay platos súper cómodos para eso, pero otros son incómodos porque necesitan empacarse de una manera complicada, entre esos está el ramen. Pero con esto de la pandemia no podíamos atender y esa era la única opción. Las primeras dos semanas ofrecimos donburis (solo el katsudon y los donburis más populares), porque con el arroz es más fácil de trabajar y luego, pensando cómo podíamos poner el ramen para llevar (porque la gente seguía pidiendo), comenzamos a poner la sopa por separado. Y fue un relajo, todo el tiempo cambiaba algo. Nos costó acomodarnos porque no es fácil hacer deliveries, es otro trabajo muy distinto. En abril ya empezamos a atender solo a domicilio, hasta mediados de junio, cuando volvimos a abrir. No salía mucho el pick up, porque la gente no podía salir, era solo un 5 por ciento, la mayoría de gente pedía delivery. Shun y otro trabajador que también tiene moto, hacían los repartos. Aún seguimos dando servicio a domicilio, pero ya muy poco, la gente prefiere salir. El otro día escuché una conversación de un cliente, decía que estaba feliz de volver a sentarse en el restaurante y comer el ramen recién hecho. En el delivery mandábamos la sopa en una funda sellada aparte, para que la calentaran, entonces ese cliente decía que le encanta este ramen, pero que pedir a domicilio y llegue la sopa en funda no es igual, se sintió un poco decepcionado. Ese es el tipo de gente que se da cuenta de que sí es mejor comerlo en ese rato. Y creo que la gente al final sí nos ayudó, porque los clientes fieles notaron que es mejor comerlo en el momento: los fideos se sobrecocinan en el camino, o habría que mandarlos fríos. Apenas abrimos, la gente comenzó a venir y ya dejó de pedir.

 

¿Cómo vivieron la cuarentena?

 

Mady: La seguimos viviendo. 

 

Shun: Sí, seguimos en lo mismo. 

 

Mady: Ya no estamos encerrados en la cuarentena, pero seguimos viviendo los efectos de la pandemia, como no salir. Ahora ya atendemos, pero con mucho cuidado porque en Quito está peligroso.

 

¿Cómo está funcionando el Yen con la nueva normalidad?

 

Shun: El counter antes estaba abierto, pero para separar a los clientes de los empleados ya tiene vidrio. Porque también los ingredientes del ramen estaban en la barra. Y existe el riesgo de que cuando la gente está hablando, entren los gérmenes, entonces para evitarlo pusimos el vidrio. Para servir tenemos una ventanita chiquita en la barra, abrimos la ventana, damos el plato y cerramos. Antes se servía directamente, ahora es a través de la ventana. Se hace lo más rápido que se puede para evitar posibles contagios. 

 

¿Qué otras medidas han tomado y qué tan difícil ha sido adaptarse a eso?

 

Mady: Nosotros no, pero hay algunos clientes que no se cuidan tanto, entonces llegan sin mascarilla, o se quedan luego conversando sin mascarilla. Eso es lo difícil, porque nosotros y los chicos que trabajan ahí también estamos expuestos al virus y si llega alguien, y se queda conversando sin mascarilla, están corriendo riesgo nuestros chicos también, no solo los clientes; les pedimos que se coloquen la mascarilla porque solo te la retiras para comer, y no quieren, algunos se van molestos o responden que no pasa nada; tener que decirle a la gente que cumpla con los protocolos es un trabajo extra y es muy cansado, los chicos también se quedan mal por el maltrato que reciben. Aquí en Quito continúan los contagios, no han bajado, al contrario, están subiendo, los hospitales están casi al tope. Mucha gente no se cuida, así que trabajamos con miedo.

 

Y con esto de que se redujo la capacidad de los restaurantes ¿cuánta gente pueden atender a la vez?

 

Mady: Nosotros podemos el 30 por ciento. Como nuestros locales son chiquitos podemos atender entre 6 a 8 personas, máximo, al mismo tiempo. Aunque sí podrían ser 10. 

 

¿Cómo les ha afectado la cuarentena?

 

Mady: Personalmente, el encierro ha sido lo que menos me ha afectado. No extraño salir, porque en la casa estoy bien. A mí lo que me afectó fue la incertidumbre, el miedo, el ver cómo muchos lugares no superaron la pandemia, todos los días escuchamos que algún local cierra, entonces, económicamente ha sido muy duro ver que era a pérdida todos los meses. Por suerte, teníamos los ahorros para el local que íbamos a abrir, eso nos sirvió de colchón y pudimos aguantar. Bajamos un montón de costos y tuvimos que despedir gente, fueron decisiones duras. Estamos funcionando a menos de la capacidad, eso implica menos producción, también menos tiempo de apertura. Antes abríamos hasta las 9 de la noche, ahora solo hasta las 6. Durante mucho tiempo tuvimos uno de los locales cerrado y durante la emergencia estuvimos trabajando al 30 por ciento en ventas y producción, hasta el 16 de junio, ahora ya estamos al 50 por ciento. Creo que el estrés de todas estas cosas sí afecta, y también como familia, estar encerrados con los niños, porque siento que estoy con ellos, pero al mismo tiempo no estoy. Para mí fue duro conciliar el cuidar a los niños, la familia, la casa, la limpieza y todo el trabajo que tenía, sumado a todas las preocupaciones. Además, el esfuerzo por mantenernos fue mucho más grande. Teníamos que sacar algo nuevo todo el tiempo, o hacer promociones, porque la gente se comenzó a quedar sin trabajo, entonces los pedidos a domicilio eran pocos. También había una pelea de mercado entre restaurantes, entonces nos veíamos en medio de esa competencia en las redes sociales, que eran todo el tiempo fotos, ofertas y promociones, todos estaban desesperados por vender. Lo que hicimos fue más bien sacar cosas distintas y por eso decidimos hacer platos especiales para que se vendiera no por el precio, sino porque era algo que no se encuentra fácilmente, que es una comida o propuesta que otros restaurantes no tienen. Fue trabajazo pensar en qué hacer. A veces se vendía súper bien y a veces no tanto, pero igual teníamos que hacerlo.

 

¿Con la apertura ha mejorado?

 

Mady: Sí ha mejorado. La primera semana estuvo casi igual que cuando estábamos a domicilio, en ventas. Pero en este tiempo ya ha salido mucha más gente. Con la reactivación de las empresas y de los otros locales, la gente sale y ya no se lleva la comida. Ya están viéndose con los amigos, yendo a los restaurantes también, porque los que trabajan en oficinas normalmente almuerzan afuera.


Gracias por leer.


Por: La jibarita trashumante

El país de las mil sopas

"Sopa Project", Chapa. IG: @digamechapa


Enero/2020

Una de las preguntas relevantes a nivel gastronómico nacional, en los últimos años, ha sido ¿cómo promocionar la comida ecuatoriana? En general, los ecuatorianos no nos destacamos por difundir o exportar cultura –aunque talento no nos falta–; Ecuador es un país, diría yo, algo desconocido, y no solo geográficamente ni en regiones remotas, incluso entre los vecinos latinoamericanos. En mi opinión, esto tiene ventajas y desventajas, y no pienso que sea algo bueno o malo, simplemente es una realidad. Tampoco me parece que Ecuador debería ser conocido por algo en especial o de manera forzada –prefiero que no esté lleno de turistas todo el tiempo–, pero es increíble cómo mucha gente ha escuchado sobre las Islas Galápagos y no saben que se trata de un archipiélago que es parte de un país llamado Ecuador. 

 

En cuanto a las desventajas que solemos tener los ecuatorianos, por esta especie de ostracismo cultural en el que vivimos, hay una muy importante relacionada con la comida. Sucede que cuando viajamos o vamos a vivir a otros lugares, no nos resulta fácil encontrar comida de nuestro país e ingredientes para prepararla; algo de lo que sufren menos los mexicanos o japoneses, por poner un par de ejemplos. En España, Italia y en algunas ciudades de los Estados Unidos, así como en ciertas regiones donde viven ecuatorianos –u otros latinoamericanos–, se encuentran uno que otro restaurante e ingredientes comunes de la región, pero suele ser complicado. En Japón, lo único ecuatoriano que hallé fueron las bananas y algún chocolate negro, carísimo; y, por supuesto, ningún restaurante.

 

Ocurre que cuando les hablo sobre Ecuador a mis amigos de otros países, me suelen preguntar “¿cómo es la comida de tu país?”, porque no tienen ninguna referencia. Ante esto, siempre pienso en la gran variedad de comida típica que tenemos, sobre todo hago hincapié en los carbohidratos que no son pan o derivados de la harina de trigo, como las diferentes papas, la yuca, el plátano maduro y verde, así como los distintos tipos de maíz, la quinua, etc., y en la recurrente explicación que nos hacemos a nosotros mismos, esa que habla sobre las 4 regiones –costa, sierra, oriente y región insular–, cada una con sus platos característicos (la comida de Galápagos no me queda muy claro cuál es). Sin embargo, ese discurso me resulta muy amplio, pues la mayoría de personas que conoce la gastronomía del mundo suele asociar el ceviche con Perú, los tacos con México, el asado con Argentina, las arepas con Venezuela, la feijoada con Brasil, el ajiaco con Colombia, las humitas con Chile, el chipá (pan de yuca) con Paraguay, el chivito (sándwich de lomo) con Uruguay… entonces, yo me pregunté, “¿y Ecuador?”


"Sopa Project", Chapa. IG: @digamechapa

Así que un día, pensando en qué es lo que más llama la atención o se destaca de la comida ecuatoriana como para darla a conocer al mundo, y en ese afán por encontrar un plato que nos una, me di cuenta y dije: “¡las sopas! ¡Nosotros comemos muchas sopas y muy ricas!”. Y es así que me puse a buscar información y encontré lo siguiente: según varios artículos que consulté en internet, se presume que Ecuador, después de China, es el país con más variedad de sopas en el mundo (espero que esto no sea tipo “el mejor himno nacional del mundo, después de la Marsellesa”). La comparación con el gigante asiático suena un poco descabellada debido a la gran diferencia en tamaño y número de habitantes, pero esta afirmación podría estar respaldada por la investigación en gastronomía del reconocido chef lojano Édgar León, a quien se le ha adjudicado el título de “Embajador de la comida ecuatoriana” por varios motivos: luego de formarse en Ecuador, estudió en la prestigiosa escuela de gastronomía Le Cordon Bleu, de París (la capital gastronómica del mundo, aunque Tokio ya le quitó el puesto de capital con más restaurantes, con 160 mil versus 20 mil, según la guía Michelin); presentó la comida ecuatoriana nada más y nada menos que a Barack y Michelle Obama; cocinó con Ferran Adrià, el chef catalán que innovó la cocina del mundo en los 2000, y que lo continúa haciendo en El Bulli Lab. Y, entre otros logros, León ha dado a conocer nuestra gastronomía con su libro Sopas, la identidad de Ecuador (Multienlace, 2012), galardonado como el segundo mejor libro de gastronomía en 2014, por el Gourmand World Cookbook Awards, que serían como los Premios Óscar de las publicaciones de cocina de todo el mundo. La publicación incluye apenas 57 sopas ecuatorianas, de las miles de recetas y variaciones que nuestro chef encontró en sus más de quince años de investigación gastronómica; se habla de una cifra mayor a 4 mil, aunque las 754 con las que empezó supera el número que yo sospechaba, y más bien se acerca a cómo he titulado este texto; además, León afirma que solo del locro (un guiso que se hace con una papa harinosa, conocida como “papa chola”) existen más de 40 versiones. Y es que, cuando pienso en la comida ecuatoriana, me doy cuenta de que es verdad lo que dice la periodista y escritora Margarita Borja, mi amiga del alma, radicada en Alemania hace diez años, en su artículo “El sabor de la memoria”: 

 

En Ecuador tenemos sopas para todo. ¿Está chuchaqui? Tome su encebollado. ¿Se murió Jesús? Tome su fanesca. ¿Tiene frío? Tómese un locrito de papa. ¿Le gusta meter los dedos en el caldo? Tome su sancocho, pero agarre con cuidado el choclo para que no se queme. Hay caldos donde nadan bolitas y bolones, patas, papas, mellocos, yucas. Hasta el almuerzo más barato empieza con su sopita. Y qué es la sopa sino comida de gente generosa (échale agua, siempre hay para más), cálida y sencilla. (El Universo, 4 de abril de 2019, Sección Columnistas)[1].

 

"Sopa Project", Chapa. IG: @digamechapa

Exacto, los ecuatorianos seríamos, por decir lo menos, gente adorable, que comparte y se emociona con un platito de sopa, pero no cualquiera, porque suelen ser sopas riquísimas; por eso, el comediante quiteño Esteban Touma, que vive en los Estados Unidos y tiene el mérito de contar sus buenos chistes en inglés, y aprovechando el desconocimiento sobre nuestro país de su público, nos ha denominado “ecuadorables”, término que me encanta y con el que me identifico. 

 

Aunque no podamos adjudicarnos la creación de la primera sopa del mundo (este plato ha formado parte de la historia gastronómica de la humanidad desde tiempos inmemoriales) ni tampoco en ser los únicos en consumirla asiduamente (en otros países también se la toma a diario), la evolución de la sopa y sus infinitas variaciones que se consumen de forma activa en la actualidad, son parte de nuestro patrimonio gastronómico; no puedo pensar en un menú sin sopa, ni una celebración que no contemple su preparación y consumo. Incluso, la mayoría de personas de la generación de mis padres (entre los 60 y 70 años) no conciben un almuerzo que no la incluya. Me sorprendió esta cita de un periodista gastronómico peruano, hablando de la comida de su país en un blog, que de paso menciona a Ecuador: “La sopa es una vieja conocida para nosotros. Desde tiempos prehispánicos se conoce que los antiguos peruanos sucumbían ante las sopas, conocidas como chupes, lawas y locros. ‘Los locros se consumían/consumen hasta la actualidad en Ecuador, donde hay una gran variedad, acá en Perú es más bien un guiso’”. (John Santa Cruz, Gastronomía Alternativa, s/f)[2]. También dice que en Perú se conocen 2 mil recetas de sopas, así que ya no me parece tan exagerado que en Ecuador haya el doble.

 

Recuerdo que, durante mi infancia, una señora –que no era mi madre– cocinaba todos los días en mi casa. Se dedicaba la mañana entera a la preparación de la comida del medio día; y es entendible, ya que en Ecuador el almuerzo es la comida más importante. El ritual de su preparación empezaba a las diez de la mañana con la sopa: una olla llena de verduras (casi siempre con papa) que hervía un buen rato mientras se llenaba de sabor, podía tener quinua, cebada, morocho, verde, etc., siempre con una base de refrito de cebolla, ajo y achiote (una semilla que le da color, muy apreciada por los “ecuadorables”). Para hacer una buena sopa es necesario saber cómo se combinan mejor los ingredientes; se ve que los ecuatorianos tenemos ese conocimiento y ni nosotros nos damos cuenta; tal vez, como ya lo he dicho, en algún otro país que desconozco también se coman muchas sopas, pero no sé si sea un plato tan delicioso ni importante como lo es para nosotros. 

 

Creo que es solo cuando salimos del país, y al ver que en otros lugares se conforman con tres o cuatro tipos (en Japón, básicamente, comen la sopa de miso; así como algunas otras que ellos no consideran sopas, como el ramen), que nos damos cuenta de que de verdad la sopa, y más precisamente el locro, sí podría ser el plato estrella de la comida ecuatoriana y me atrevo a decir –después de saber el número de sopas que encontró León– que en Ecuador sí sería posible comer una sopa distinta cada día del año. 

 

"Sopa Project", Chapa. IG: @digamechapa

En el libro de cocina ecuatoriana más vendido del país, “Cocinemos con Kristy” (1970, primera ed.), tomos I y II, de la gran cocinera Delia Crespo de Ordóñez (fallecida en 2017), pionera de la publicación de recetas en la prensa ecuatoriana y en formato de libro –su historia merece un artículo aparte–, se sugieren unas 112 recetas de sopas, entre caldos, cremas, locros y otros; no todas son ecuatorianas, pero la gran mayoría, sí. Incluso el encebollado o los ceviches ecuatorianos tienen un aire a sopa ya que son, básicamente, líquido. Este recetario no falta en las estanterías de muchas bibliotecas caseras de cocina y lo he encontrado, entre novelas y cuentos, en casas de primas y amigas, quienes confiesan que es un libro de consulta recurrente. Incluso mi padre me comentó que en casa también teníamos uno que desapareció misteriosamente. Por eso lo volví a comprar, para que cuando esté de viaje pueda preparar alguna de nuestras riquísimas miles de sopas; y así, tal vez algún día, el nombre de Ecuador se llegue a asociar, en el imaginario colectivo, con nuestro delicioso locro.


Gracias por leer.

Por: La jibarita trashumante


[1]https://www.eluniverso.com/opinion/2019/04/04/nota/7267118/sabor-memoria

[2] https://www.gastronomiaalternativa.com/ga-23_24-sopas-del-peru.html