sábado, 26 de febrero de 2022

ENTREVISTA A PABLO CICARILLI, FINCA AGROECOLÓGICA "EL RETIRO" (BALAO, GUAYAS, ECUADOR)

SOBRE LOS INICIOS DE FINCA "EL RETIRO", SU INCREÍBLE BIODIVERSIDAD Y SU GRAN APORTE A LA ALIMENTACIÓN SANA 

El logo de El Retiro, Pablo en la finca, plantas de banano
y la camioneta cargada. Fotos: Pablo Cicarilli.

¿Cómo te vinculaste con Finca El Retiro?


Fue una propuesta de Mercedes Molina –hija de Mario Molina, el abuelo de la familia–, quien tenía visualizado el proyecto de una finca integral orgánica de producción de alimentos, conservando las especies y toda la biodiversidad del lugar; Meche fue quien me puso a cargo a mí para llevarlo adelante con ella y la empresa familiar. El Retiro es una finca que tiene 28 hectáreas pegadas a otras 20 hectáreas de cacao nacional de aroma, de esas huertas antiguas que estaban asociadas a otras especies porque no son injertas y necesitan sombra, entonces es un bosque y un lugar muy biodiverso. Don Mario compró estas 28 hectáreas como potrero de vacas, por eso hay tantos samanes. Si bien la capa orgánica no es muy grande –son pocas cosas las que se dan ahí–, para el ganado era ideal. No sé cuándo adquirió el terreno, pero sé que estuvo 15 años en descanso, es decir, no se cultivó  nada en todo ese tiempo. 


Finca El Retiro, vista desde arriba y
desde abajo.

¿Cuándo comenzó el proyecto, con quiénes trabajas y cómo se organizan?


En marzo de 2010 me fui a vivir a Balao, un cantón pequeño al sur de la provincia del Guayas –que es donde está El Retiro–, a comenzar el proyecto ideado por Meche. En ese entonces solo había 40 cabezas de ganado, con lugares donde se sembraba pastura para las vacas, pero otros donde no había nada solo “maleza” tipo selva, con muchos samanes de 50, 60, 70 años, súper grandes, y también samanes más pequeños; esa es la vegetación predominante, pero había de todo. Al principio vivía el vaquero con su esposa y sus 3 hijos y yo empecé a trabajar con el hijo menor. Hicimos un curso de horticultura orgánica sobre cómo preparar el suelo, rotación de cultivos, cultivo asociado, así empezamos. Se eligió un sector, donde estuvieron los primeros cultivos para sembrar hortalizas, también se hicieron trabajos de canalización del río, porque había muchas zonas inundables donde no se podía cultivar, ya que en las épocas de lluvia eso se llenaba de agua, por un estero que cruza la finca casi a la mitad. Empezamos con hortalizas, recuerdo que el primer cultivo fue de albahaca, con semillas orgánicas que trajeron de Estados Unidos; pero ese no es el fuerte de El Retiro, porque ese clima y geografía, no son los ideales para hortalizas, aunque sí hay algunas que todavía se producen. Con el tiempo, el ganado se sectorizó solo de un lado de las 28 hectáreas, que quedaron divididas por el río, en una mitad quedaron las vacas y, en la otra, se limpió con máquinas muy pesadas (de 4 toneladas o más), a pesar de que yo no estaba muy de acuerdo, porque significó compactar bastante el suelo y eso retrasa toda la vida microbiana. Sin embargo, como es un lugar increíble, donde se reproduce tanto la vida, no fue tan complicado ayudar a que ese suelo siguiera produciendo. 

Algunos de los productos que se cultivan
todo el año.

¿Qué se produce ahora en El Retiro y cómo empezaron con la comercialización?


Al principio, el objetivo principal era surtir a la familia de alimentos sanos, sobre todo orgánicos, por eso se pensó en hortalizas, que son de ciclo corto y se obtienen pronto. De ahí, expandirse y pensar en comercializar, pero en un principio sí fueron bastantes años de surtir a la familia. Había algunos casos de cáncer y el objetivo era, no solo tratar los problemas de salud, sino en general comer saludable y libre de agrotóxicos, pesticidas y abonos sintéticos. Así se empezó con las hortalizas y luego con los frutales. Fuimos a comprar cítricos: naranja, limón sutil, una variedad de cacao nacional injerto que ya no necesita sombra, y pasó a ser una finca experimental porque íbamos aprendiendo al paso con la gente que intervenía y nos seguíamos preparando con cursos de producción de semillas, de suelos. Si bien Meche estaba a la cabeza, y es quien me puso a mí, también se puso a cargo después Pancho, hermano de Meche, quien estaba trabajando conmigo y me dirigía. Se encargaba de conseguir las plantas, proponía qué era lo que se podía sembrar –dependiendo de las necesidades que había–, por eso se sembró este cacao injerto, que lo fuimos a ver a Milagro, y los cítricos los trajimos de Arenillas. Íbamos trayendo plantas de todos lados y poblando el espacio. Pero ahora yo estoy a cargo y soy el único que va siempre. El Retiro es un lugar mágico, qué bueno tener un lugar así por lo menos para ir a tomar aire.


¿Qué están cultivando actualmente?


Lo que más se cultiva es plátano verde, de la variedad dominico y barraganete, que son grandes, ese es el fuerte de El Retiro. Tenemos todo lo que es musáceas como guineo seda y orito, después están los cítricos, que de eso cada tanto vamos haciendo semilleros y vamos resembrando porque siempre hay alguna planta que tiene algún problema y se muere, por eso tratamos de mantener la población. También hay limón sutil y real –este es uno de los cultivos que ya estaban antes, traído por Don Mario–, naranja, naranja-lima, maracuyá –que sí utilizamos nuestra propia semilla–, la plantación dura más o menos cuatro años; tenemos una variedad de toronja rosada, pero hay una blanca que es riquísima, que la sembró Don Mario. Ahora también estamos sacando yuca, que se planta por esqueje. 


¿Con quién estás trabajando?

Hubo bastante rotación de gente. Empezamos el proyecto con el vaquero, el guardia de la huerta de cacao y su hijo, ya trabajando la tierra. Eso duró menos de un año y después se contrató a Leonardo, por un tiempo. Ahora está, desde hace dos años, Franklin Paredes que es de Bucay y vive ahí, y también otro muchacho que empezó como hace 4 años; entonces, son dos personas más y un vecino que también nos ayuda, ese es el equipo permanente que está todos los días. Y ahora se está albergando una familia de la finca de al frente –que nos pidieron posada porque fueron desalojados–, ellos ayudan en algunas tareas; se les está prestando la casa a cambio de cuidar el lugar. Tenemos un proyecto de gallinas criollas del que está encargada Fátima, la madre de esta familia, que tuvo una hijita ahí en El Retiro. 


¿Cómo se distribuyen los productos de El Retiro y cómo se articula el trabajo con La Molienda?


La articulación con La Molienda se da en un punto en el que teníamos excedente de producción, luego de surtir a la familia. Ahí entra Paula que viene en el 2013 a Guayaquil con la propuesta de empezar a comercializar los productos de El Retiro. Comenzamos armando canastas, repartiéndolas puerta a puerta. La gente hacía su pedido y nosotros le ofrecíamos lo que tenía la finca, en ese momento sí había un poco más de hortalizas porque el huerto estaba más activo y también teníamos todo lo que dije antes: cacao, cítricos, maracuyá, plátanos, oritos, seda, papaya y ahí empezamos a hacer días de cosecha para comercializar y días de cosecha para surtir a la familia. En cuanto a la producción y a las tareas, nos organizamos con un plan de trabajo, dependiendo de las necesidades de La Molienda. Tenemos un día de cosecha, que por lo general son los martes, cuando se carga la camioneta y se trae, y los miércoles hacemos la entrega en La Molienda. En el local tenemos todos los días productos de El Retiro, cosechando una vez por semana. Al principio de la pandemia no nos alcanzaba con una vez, hubo semanas en las que fuimos dos veces; ojalá que vuelvan esos tiempos, no de la pandemia sino de vender todo.

Bambú en El Retiro.


¿Cómo le afectó la pandemia a El Retiro?


Vendimos todo como nunca. Teníamos que hacer dos días de cosecha por semana porque sacábamos todo y se nos terminaba; la gente quería más y no había, que es un poco al revés de lo que está pasando ahora. De todas maneras, todo el excedente vuelve a la finca. Para que funcione bien, por lo menos un 10% de la producción tiene que quedar en la finca para nutrir los suelos y la vida microbiana.


¿Cuánto tiempo duraron las ventas de todo?


Hasta que se levantaron las restricciones, fueron como 3 o 4 meses. En abril del 2020 fue el momento cúspide. Creo que se está vendiendo más porque ya se está conociendo el producto, hay gente que viene exclusivamente a buscar los plátanos dominicos de acá porque son espectaculares, o los seda o los oritos, hay gente que sabe que tenemos variedades de frutas que no se consiguen en los supermercados, por ejemplo cauje, caimito, variedad de musáceas como el guineo común o el lojano que es para hacer el repe; la naranja-lima, que es una delicia, súper jugosa. Entonces creo que la gente viene por eso y no porque se hayan concientizado por la pandemia y ahora consumen productos orgánicos; pienso que volvieron a comprar maquillaje y cosas así.


¿A parte de los cultivos, cómo es la biodiversidad y qué animales habitan El Retiro?


Yo hago hincapié en el suelo porque las condiciones de esa parte de la costa ecuatoriana es increíble, tiene un microclima espectacular. Toda la microbiología es tan rica que por eso podemos sembrar lo que sembramos encima de las piedras, por la capacidad de degradarse rápido de toda la materia orgánica y por la diversidad primero de la microbiología, eso da que haya bastante diversidad en la vegetación. El Retiro tiene, en total, unas 100 variedades de plantas, entre comestibles y maderables, es decir entre árboles, arbustos y plantas. Tenemos malanga, cúrcuma, lúcuma, aguacate, todos los cítricos, caimito, cauje, achiote, a parte de los maderables. Eso es lo que me acuerdo ahora pero hay mucho más. De animales, de granja están las gallinas –ya no hay vacas–, y de salvajes hay venados, osos hormigueros, gatos de monte –que es un gato café pequeño–, se ha visto un tigrillo, los perezosos que hay bastantes, el cusumbo –que es como un coatí–, comadrejas, esos son los animales que habitan la tierra y los árboles, y después hay muchas aves también. 


¿De dónde eres y por qué vives en Ecuador?


Nací en Córdoba, Argentina, pero me crié en Buenos Aires. Principalmente, vivo en Ecuador porque me gusta, porque si no, no viviría aquí; me parece un país increíble. Así como El Retiro es lo que es, una finca experimental, el Ecuador también es un país que al tener todo, es como un país laboratorio, me fascina por eso, por su diversidad de climas en un espacio tan pequeño, por ser el único país que tiene la característica de tener una cordillera –del tamaño de Los Andes– en la mitad del mundo; y vine también a formar una familia, fui papá acá en el tiempo en el que estoy aquí. Igual siempre tuve un lazo con Ecuador, más allá de este que es el más fuerte para vivir acá, porque mi hermano mayor es ecuatoriano. Es decir, ese lazo existía incluso antes de conocer Ecuador. Mi padre –que es de Córdoba–, estuvo por aquí antes de conocer a mi madre, y fue dejando su semilla. Hubo una serie de eventos que hicieron que no pudiera volver nunca más a Ecuador y no lo pudiera conocer a su hijo, hasta que mi hermano fue a Argentina a los 20 años; pero desde chicos recuerdo a mi papá mostrándome la foto de mi hermano de un año, que era lo único que tenía. Siempre había algo que me decía que tenía que venir a Ecuador, quería conocer a mi hermano. De hecho, él se adelantó y fue a Argentina y nos conocimos allá. Pero al año de que nos conocimos –en el 2001–, yo ya estaba aquí en Ecuador de visita. Me regresé a Buenos Aires, donde vivía, y ahora ya llevo 15 años acá.

Vista panorámica de El Retiro.

¿Crees que los cultivos convencionales de alrededor afectan a El Retiro?


Algo que nos han halagado es el sistema de barreras naturales que tiene El Retiro, que lo convierte en una burbuja vegetal. Lo que más nos afectaría son mil hectáreas de banano convencional fumigadas con avionetas, pero supimos construir unas buenas barreras en los límites. Tenemos desde roble americano, hasta bambú gigante y los samanes, que es impresionante cómo protegen, no solo a nivel físico –evitando que caiga la contaminación–, sino que protegen hasta la vida misma del suelo, toda la microbiología. Algo importantísimo en una finca de estas características es que haya árboles grandes para cuidar. Cuidan desde donde veas, desde abajo y desde arriba, por eso la afectación es mínima, nosotros lo hemos comprobado midiéndolo, El Retiro es como un domo vegetal, entonces en ese sentido sí estamos tranquilos de que lo que producimos ahí es de primera calidad, porque está testeado. Al estar rodeados de hectáreas de banano y de cultivos convencionales siempre hay un margen, pero nosotros hacemos todos los testeos necesarios para garantizar que lo que estamos produciendo es orgánico.

¿Por qué comer orgánico?


Porque así evolucionamos como humanidad. En realidad, el no comer orgánico es lo que tendría que ser fuera de lugar y raro, lo orgánico debería tomar el lugar de lo convencional y ser lo accesible, lo que comemos a diario, y no al revés. Estamos consumiendo alimentos llenos de veneno y pesticidas que afectan en muchos sentidos. No se trata solo de una decisión para un bienestar individual, eso no serviría ni generaría ningún tipo de conciencia; al comer orgánico estamos cuidando a las personas que producen nuestro alimento en el campo, estamos cuidando a las fuentes de agua, a la tierra; si nosotros cuidamos todo eso, nos estamos cuidando a nosotros mismos, por eso no estoy de acuerdo en que a la alimentación orgánica se la tome como una moda, es decir que sea algo de élite, cuando no tiene por qué serlo. Ahí es cuando se convierte en una preocupación individual, que sería consumir orgánico solo para estar bien uno mismo, pero realmente es toda una cadena de bienestar, si nosotros comemos orgánico, ayudamos a mejorar todo desde la base.

 


Gracias por leer



Por: La Jibarita Trashumante