sábado, 21 de noviembre de 2020

Cómo se prepara colada morada al otro lado del mundo

Colada morada y guagua de pan ecuatoriana,
hecha en Tottori, Japón.

Me quedé atrapada en mi ciudad favorita del mundo por "culpa" del coronavirus. Pensaba volver a Ecuador en mayo, pero debido a las circunstancias, heme aquí en Tottori, Japón, empezando una nueva vida. Como soy una amante de las tradiciones culinarias ecuatorianas, sobre todo de las comidas de temporada, llegó noviembre y solo pensaba en que no me podía quedar sin mi colada morada. 

Había visto que en el supermercado que queda cerca de mi casa vendían moras congeladas, así que pensé que si contaba con ese ingrediente básico, nada podía fallar. Busqué en internet una receta, tomé como referencia una de la revista Chiú que me pareció factible (me traje el clásico libro “Cocinemos con Kristy”, pero su receta era más complicada). Ya tenía las moras chilenas y, en lugar de mortiño, decidí utilizar arándanos negros (o blueberries), que también los venden congelados y los traen de Chile. Después, tenía que encontrar las especias: clavo y canela de la India fue lo más fácil, porque ya había comprado para hacer arroz con leche (que estuvimos dando de cortesía en Ramen Ren –el restaurante donde trabajo– las dos primeras semanas de su apertura). Ishpingo me resultaba impensable e imposible, pero en lugar de eso se me ocurrió incluir anís estrellado chino (que era lo que había), luego busqué desesperadamente entre las plantas aromáticas o entre las especias de plantas y… nada. Tenía la esperanza de encontrar cedrón o hierba luisa. Solo había menta peperina seca y hierba buena fresca (que al final no utilicé para la colada) y, por suerte busqué entre los tés de un supermercado al que siempre voy después de mi visita semanal a las aguas termales (soy muy fan de los onsen) y ahí encontré uno muy curioso de China, que tenía una foto de una planta parecida al cedrón y que, traducido su nombre al español era algo así como “té de hierbas dulces”. Ni siquiera podía olerlo porque venía en una caja hermética, pero lo compré por pura intuición, para ver si funcionaba y fue perfecto. Busqué también maicena o almidón de maíz y no hubo, así que me conformé con el almidón de papa japonés que había comprado algunos días atrás para otra cosa. También tenía la panela en polvo y un sirope de maracuyá vietnamita (de la sección de productos internacionales de AEON), que había adquirido tiempo atrás solo para probarlo y también compré un té de berries, con ingredientes de lugares tan lejanos como Kenia e Indonesia, que me pareció que podía darle más sabor a mi colada. 

Siguiendo las instrucciones de la receta de la revista Chiú, hice lo siguiente: en un litro de agua puse la canela, el clavo de olor, el anís estrellado, dos bolsitas del té de hierbas dulces, dos del de berries, los dejé hervir unos minutos y a esa decocción que resultó, la separé en un frasco (incluyendo las especias y bolsitas de tés). Luego vertí en una olla las moras, los arándanos negros y media taza del sirope de maracuyá (previamente licuado y cernido porque viene con las semillas) y cubrí todo con agua. Puse a hervir primero a fuego alto y luego a fuego lento, por casi una hora, moviendo la mezcla cada tanto para que no se quedara pegada en la olla, de la cual surgía el olor agridulce de las frutas cocidas que se impregnó en toda mi casa hasta días después, también se quedó en la olla por un tiempo. Una vez que me pareció que la consistencia estaba lista le eché la panela y el té que hice previamente, pero no todo, fui probando poco a poco hasta sentir el sabor a colada morada. Después puse dos cucharadas de almidón de papa en una vaso y lo diluí con un poco del té ya enfriado (porque el almidón solo se diluye en un líquido frío) y eso incluí en el jugo de frutas que estaba hirviendo, lo que le cambió el color y la textura. El líquido se empezó a hacer espeso enseguida y yo no podía creer que tuviera consistencia y sabor a colada morada, quería llorar de la emoción. 

Finalmente, le puse piña filipina cortada en trocitos (aquí ya la venden pelada –para mi buena suerte, porque no soy como mi papá a quien le encanta sacarse el aire pelando piña–, pero en tarrina de plástico –una pena, aunque reciclen tanto aquí en Japón–) y justo había conseguido unas uvas verdes baratas de Nueva Zelanda, así que le puse eso, dejé hervir todo un ratito más (yo prefiero la fruta un poco cocida, pero no tanto. A mi mamá le gusta el sabor ácido de la fruta cruda, además dice que conserva sus vitaminas, por eso la echa al final antes de servir, eso ya depende de cada quien). Y con eso ya tuve lista mi colada morada, con la que hasta hice helados de palito. Fue muy emocionante porque me trasladó a momentos de toda mi vida, a cada año que tomé colada morada de distintos lugares o preparada con amor por distintas personas muy queridas y que, dos años seguidos, también hice yo misma, para compartir con mis panas, según las instrucciones de mi mamá; como por arte de magia, de repente estaba en una tarde lluviosa de Quito, disfrutando ese sabor andino, agridulce y nostálgico, que está impregnado en mi memoria y lo llevo conmigo a cada lugar al que voy. 

No tengo horno, entonces no pude hacer las guaguas de pan, pero a un pan con una forma parecida que venía relleno de crema, lo decoré con un dulce de leche argentino que ya tenía, así que quedé feliz celebrando a mis muertos como se debe. Mi amiga Mady me hizo un halago bonito, dijo que fui muy recursiva al hacer esta receta con lo que encontré; así que a partir de este año queda instaurada, oficialmente, la tradición de la colada morada en Tottori, hecha con ingredientes de todo el mundo. Es probable que esto fuera lo más ecuatoriano que hubo en Tottori este año (a parte de las bananas de Tanabe san), logrado con cooperación internacional indirecta… es una prueba más de que nos necesitamos los unos a los otros. 

Tomando en cuenta que en todo Japón vivimos un poco más de 200 ecuatorianos, y en Tottori casi no hay latinoamericanos, seguro que por mucho tiempo más seguiré siendo la única ecuatoriana que va a disfrutar de esta delicia andina a las orillas del Mar de Japón.


Gracias por leer.


Por: La jibarita trashumante